"No tengo presupuesto para comprar un regalo a todas las tías que andan por ahí diciendo que están enamoradas de mí", dicen que le dijo ese pedazo de bruto, acompañando la frase hiriente de una sonrisa desafiante y una mirada despectiva. Y ella, bastante inocente todavía a pesar de acercarse a la treintena, ella, digo, alma de niña cándida dentro de un mujerón de metro ochenta, ella, enamorada hasta las trancas del sujeto en cuestión, que como no había habido ocasión de dar por él hasta la última gota de sangre de sus venas (Que a buen seguro la habría dado), se había gastado hasta el último céntimo de sus ahorros en el regalo para él, para ese animal de bellota a quien ella consideraba novio, ella, insisto, rompió a llorar tan intensa y desconsoladamente que impresionaba. Qué espectáculo, oyes, esa tiarrona con ese pedazo de cuerpo que para sí lo quisiera más de una actriz de "jolivú", y de natural, ¿eh?, que esa carne apretada y trémula aún no la ha profanado el bisturí... Ese peazo pivón llorando ahí como María Magdalena a los pies de Jesús, hipando histéricamente, incapaz de contenerse ni controlarse, mientras el causante de sus desdichas miraba con cara de no haber roto un plato a quienes se agolpaban alrededor, con una malévola expresión entre condescendiente y cínica, como si la cosa no fuera con él, como si ella sola se hubiera hundido en la miseria. Tal era la mezquindad que desprendía, tal su aire de chulo provinciano, sus muestras a la vez de bajeza y de majeza, que hasta el gitano le fulmiró con una de sus miradas matadoras, mientras la mano acariciaba la navaja dentro del bolsillo de la cazadora. Una mirada tan cargada de odio, que bastó para que el tipejo hiciera mutis por el foro, lo que alivió un poco la tensión que se palpaba en el ambiente. Agradecí con una mirada silenciosa su gesto, y él levantó los hombros de manera ambigua pero cargada de empatía. Así que él también se había impresionado del desconsuelo de la muchacha, y eso que el gitano tiene el corazón tallado en piedra, y las lágrimas femeninas no suelen conmoverle.
Cierta compañera que a pesar de ser gótica y de alma tan oscura como noche sin estrellas tiene su puntito de buena samaritana la recogió unas cuantas horas después, tirada en las escaleras de la estación de los ferrocatas, más borracha de lo que recuerdo haber visto nunca a nadie, por lo menos desde mi ya algo lejano paso por las filas de la gloriosa Infantería del Rey de España. Estaba allí, el cuerpo desmadejado sobre los frios escalones de piedra grisácea, inconsciente y sucia como una cerda, pues se había meado y cagado encima. Entre varios ayudamos a la gótica a levantarla y cargarla en su coche. No sé cómo se apañaría ella sola con los sesenta y cinco kilos de peso inerte al llegar a su casa. Me alegró que al menos una persona la ayudara, como me alegré de haber podido aportar mi granito de arena aunque solo fuera con la fuerza de mis brazos. Y sin embargo el corazón me quedó congelado y contrito con todo aquello. ¿Es que acaso queda amor en algún recóndito lugar del planeta? Creo que no.
Veo a mi alrededor parejas en guerra, familias mantenidas por el puro interés, niños que vienen al mundo con la misión imposible de recomponer un matrimonio ya deshecho, infidelidades y traiciones, mentiras y fingimientos, todo a plena luz del día, todo con el público y notorio conocimiento de la sociedad en general. Y sin embargo nos empeñamos en mantener a toda costa los mismos esquemas fracasados, repetimos como un salmodio las mismas falsas promesas de amor eterno que ya antes hemos incumplido varias veces, y nos creemos solo en la medida que nos lo queremos creer que existe la media naranja, la pareja ideal, el amor para toda la vida y la perpetua felicidad. Y nos paramos ahí, claro, no sea que el siguiente paso nos lleve a aceptar la existencia del ratoncito Pérez... ¿Es que ya nadie es sincero, es que ya nadie cree en lo dice ni dice lo que cree? No, en todos los aspectos de la sociedad, a todos los niveles, en la familia, en el trabajo, en las comunidades de vecinos, y también en la pareja, se dice lo que conviene, o lo que creemos que el otro espera que digamos, o lo que debemos decir para que no piensen que... Pero luego, evidentemente, traidores a nuestras propias promesas, quitamos todo valor a la palabra dada por nosotros mismos, y hacemos lo que nos da la santísima gana. Asco de mundo, sin honor, sin deber, sin esfuerzo y sin verdad...
El protagonista de una de mis novelas de referencia en la infancia, ese caballeresco, noble y ya entonces pasado de moda Quentin Durward debido a la pluma de Sir Walter Scott, muy bien interpretado por Robert Taylor en la versión cinematográfica, dice en un parágrafo de la novela "Me educaron para ser valiente y fiel, honrado y leal, para defender siempre al débil y mantener hasta la muerte la palabra dada. ¿Qué culpa tengo yo de haber nacido un siglo tarde?" Comparto con Quentin Durward esa impresión, solo que en mi caso creo que son varios los siglos que he nacido tarde. Es frustrante para mí pensar en mis escasas posibilidades de influir para que esto cambie. Me siento tan despegado de él que, habiendo renunciado a mejorarlo, me mantengo lo más aislado posible. Solo me queda, para que siga valiendo la pena despertarse en cada nuevo amanecer cargado de malos augurios, la paz de mi último refugio, porque en mi caso, afortunado como soy, tengo un santuario donde refugiarme de la ventisca de afuera, con una sacerdotisa que mantiene encendida permanentemente la hoguera...
servido por ixus
8 comentarios
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ANAKENOBI dijo
Si que existe el amor, y lo sabes, tu mismo dices que tienes un santuario del mismo y yo tengo uno, y otros que conocemos lo tienen. La pena es que muchos en su afán por tenerlo se agarran a un espejismo, a una mentira y cuando ya no la pueden maquillar más pasan estas cosas. Y es una pena porque el amor no lo encuentras, te encuentra y puedes sentirte dichoso de que lo haga y más aún si se queda contigo.
Un beso
19 Febrero 2008 | 09:40 AM