Hay dos clases de personas que gustan de jugar con fuego, los que creen que no se van a quemar, y aquellos a quienes les gusta quemarse. La que llamaremos Mara finge ser de las primeras, pero es claramente de las segundas. Bien entrada en la cuarentena, poseedora de un cuerpo rotundo y de una suavísima piel lechosa de adolescente escandinava que contrasta vivamente con los rizos negro azabache de su melena, sabe que llama la atención, y no le importa llamarla. Presume con frecuencia de bien casada, y cualquiera que sin conocerla oyera alguno de sus empalagosos monólogos sobre sus repelentes hijas, su encantadora casita con jardín o su insoportable chucho creería hallarse ante la más arquetípica burguesa middle class del universo. Pero la que hemos llamado Mara hace ojitos cuando le muestro el regalo que tengo escogido para otra, y, oh pobre! me explica con voz meliflua que su marido, tan ocupado él, se ha olvidado de San Valentín un año más, y ya no sabe cuántos van. Y sin solución de continuidad siento su mano sobre la mía, mientras oigo de su dulce voz de sirena encantadora de marinos el consabido discurso de la rutina conyugal, la monotonía sexual y el vacío existencial, con alguna referencia un tanto intempestiva a las letras de un frigorífico Miele Combi No Frost recién comprado. O sea, y en resumen, que la que denominamos Mara, tan bien casada ella, tan ejemplar esposa y madre, ella, se siente más sola que la una, y colgándose del cuello el letrero de "disponible" se ofrece a compartir esa soledad conmigo, si es que tengo a bien abonar un par de horas en un aparthotel cercano. Y va a ser que hoy no, que es mal día, bonita, que me has pillado con poco tiempo y sin mi complejo vitamínico encima...
Al gitano le llaman así porque lo és, y aunque no lo fuera, igual se lo llamarían, porque, además, lo parece. Pelo negro ensortijado, ojos como carbones encendidos, y una lengua viperina tan afilada como el acero de su navaja "capaora" que tantos disgustos le diera en el pasado por esgrimirla donde no debía. Se me acerca con sonrisa cínica, ponderando el trasero redondo y firme de la que hemos llamado Mara, que ya se aleja, y me habla quedamente, al oído, con ese acento jerezano que no ha perdido tras tantos años en la ciudad condal. "Joder, Juanito, que me la tienes loca a la muy... Que debe estar chorreando, seguro, si es que se la nota la calentura en la cara!! Que si tú quisieras, esta misma tarde te la follabas, seguro!!" Y acompaña sus palabras de un guiño tan falso como malintencionado, con esa fingida camaradería masculina, ese oscuro entendimiento entre machos, que bien podría traducirse por "Genial que te trabajes a todas las de TU territorio, pero ni te acerques a MIS posesiones..." Y yo, que aunque me llame Juan ni soy ni ejerzo de Don Juan de medio pelo, aún sabiendo que tiene razón el gitano, y que a esa, si quiero, me la ensarto en esta misma tarde (dicho sin presunción alguna, es simplemente un hecho), prefiero salirme por la tangente, que es el mejor sitio para salir de estos embolados. Y aunque el gitano piense que tiro balones fuera para buscar una ocasión si no mejor, sí al menos más discreta, en realidad huyo a galope tendido de estas arenas movedizas, que yo sé bien de quién soy y a quién me debo, y eso no hay polvo salvaje que lo cambie.
Pero me da por reflexionar en el aparentemente perfecto matrimonio de la susodicha Mara, en lo bien que habla a las demás de su marido, en lo feliz que finge ser... Y pienso en esa "família tradicional" que con tanto ahínco defienden sectores sociales, políticos y religiosos de esta España de pandereta, y me pregunto y repregunto qué de santo y bueno pueden encontrar en un modelo que, precisamente, lleva siglos demostrando su falsedad e ineficacia. ¿O es que no és el matrimonio ejemplo palmario de casi todas las hipocresías sociales? Brillante por fuera, podrido por dentro, en muchísimos casos. Y recuerdo las viejas historias de mi madre, aquella señora Tana, rica hostelera con negocio a pleno rendimiento, que, casada tardíamente con un gañán tan guapo como chulo, acabó convertida en esclava de su marido, fregando suelos como una sirvienta cualquiera, ella que siempre había tenido criadas a su servicio. O peor aún, aquella otra señora Zoila a quien el marido arrebató la cuantiosa herencia paterna, instalándose con una de sus queridas en el bloque de pisos de la capital, y desterrándola a ella, nominalmente millonaria, a una desvencijada casa sin agua corriente, en la práctica la más miserable del pueblo... Eran otros tiempos, sí, tiempos de familia tradicional, patriarcal y bíblica, como defienden los beatucos de hoy día. Familias monolíticas repletas de dolores y mentiras, de hipocresías y fingimientos. No es que me extrañe que esas abominaciones hayan ido desapareciendo de nuestro país, si algo me extraña es justamente que los nuevos modelos de familia busquen parecerse en la forma y mucho me temo que también en el fondo a ese tradicional, claramente fracasado, en vez de explorar nuevas formas aún no experimentadas.
Y sí, es día de San Valentín, y podría haber escrito un artículo amable sobre el amor, pero he preferido hacerlo sobre el matrimonio, que, como todo el mundo sabe, es cuestión aparte. Y por cierto y para quien tenga dudas, os diré que no es tan habitual como parece que las casadas se me ofrezcan tan descaramente, aunque tampoco ha sido hoy la primera vez en mi vida. Y con respecto a la Mara del primer párrafo, pues no, traginármela, no me la traginaré, pero, que conste, tiene su puntito saber que, si quisiera, podría hacerlo...
servido por ixus
7 comentarios
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aereon dijo
Bueno, pero que fauna hay por tu trabajo!!!!! Anda que yo tambien parezco tonta, porque en el mio hay cada una que se las trae, no me jodas, que con 39 años, dos hijos y toda una vida, de vez en cuando diga que lo suyo son 5 minutos y ya esta. Pero claro, ella esta felizmente casada con un hombre maravilloso (que se va de pu*** y lo peor es que ella lo debe saber y consentir para que no la de la vara).
En fin......la vida es asi de hipócrita y lo que es peor, es que algunos hasta se creen sus peores mentiras.
Prefiero estar sola que mal acompañada, y si me tengo que casar algún dia, lo haré, pero no para vivir en el siglo XIX, sino en el siglo XXI con todo lo que ello conlleva.
Un beso ixus
14 Febrero 2008 | 10:49 PM