24 Febrero 2008
Durante varios días, Potenza y yo nos negamos, con mil y una excusas, algunas reales, otras puramente inventadas, a mantener aquella estúpida reunión convocada por Viborilla. Y es que la reunión era de todas todas inútil, absurda, sin objetivo claro más allá de hacernos perder dos preciosas horas de tiempo. Si ya se dice genéricamente que el tiempo es oro (Que sí, que lo és, indudablemente), aquellas dos horas eran especialmente valiosas para nosotros. Nuestro turno incluía trabajar las noches consecutivas de miércoles y jueves. ¿Cómo demonios suponían entonces que podríamos estar allí al mediodía del jueves? ¿Cuándo dormiríamos si la noche siguiente también la trabajábamos? No, desde el principio Potenza tuvo claro que no la harían ir ese día a esa hora bajo ningún concepto, y yo, amparado por el paraguas de su cargo, me uní a la negativa. Potenza envió un e-mail notablemente despectivo a Viborilla, comunicándole que no podríamos ir en el tono que Luis XVI despedía a sus lacayos. Viborilla se consumíó de rabia, y dicen los que la vieron que pronuncíó juramentos en cuatro idiomas desconocidos mientras lo leía, pero, sabedora que nada podía hacer contra Potenza directamente, rebotó ese mail nada más y nada menos que a nuestra Ama y Señora, a la Gran Víbora. Investida del poder de los Inmortales de cuya confianza infinita goza, la Gran Víbora se personó ante nosotros en carne mortal, y ante su mirada inquisitiva Potenza y yo hincamos nuestras rodillas en tierra, balbuceando como niños vagas excusas incoherentes, para regocijo de Viborilla, que, a la diestra de su Señora, reía entre dientes nuestra desdicha. Y así supimos que por Decreto de la Princesa de las Tinieblas, la reunión se haría, pesara a quien pesara, y si nosotros no dormíamos, era ése nuestro problema y nuestro cuidado, que el sueño que podamos o no tener a la noche siguiente no es cuestión importante que deba distraerla de sus asuntos.
Qué sonrisa maléfica, que dulce ironía, que jubilosa expresión de triunfo, la de Viborilla, a la mañana siguiente, llegando a tiempo de celebrar la tan odiada y odiosa reunión! Vestida de inmaculado blanco nupcial, y con la radiante mirada de una novia enamorada, saludó con un gesto respetuoso a la Gran Víbora mientras nos conducía a la Sala de Tortura. Que tristeza en la mirada de Potenza en cambio, vencida, derrotada, cautiva y desarmada, si bien, eso sí, planeando ya en aquel momento mil formas de refinada venganza... Y yo cansado como un perro, deseando que todo acabara cuanto antes. Y el pobre Angelito, un bebé de noventa kilos, inocente y puro a pesar de su corpachón de estibador, el único rostro amable de la lúgubre comitiva, quizás porque era el único que no sabía exactamente dónde iba. Y la reunión empezó no sin los obligados problemas técnicos que movilizaron a todo el Departamento de Informática en pleno, y Viborilla tuvo su momento de gloria, dirigiéndonos un plúmbeo aserto carente de sentido, pomposamente pronunciado en el tono en que un Obispo hablaría Ex Cathedra sobre Teología.
Como todo cuento que se precie, éste tiene también un final inesperado, y es que la reunión, tras una hora larga de farragosas explicaciones, en el momento en que hasta Angelito había perdido el hilo, y cuando Potenza y yo rodábamos ya por la suave pendiente que conduce de la sobresaltada entrevela al sueño más profundo, irrumpió en la Sala Oh-la-la, inesperadamente convertida en Huracán de fuerza cinco. Aunque Oh-la-la es nominalmente la jefa directa de Viborilla, su condición de Cantamañanas le impide normalmente ejercer el cargo con la debida autoridad, máxime cuando Viborilla se halla bajo la protección de la Endemoniada, y es amiga de la Gran Víbora. No obstante ésto, y por algún milagro solo atribuíble a la intervención de San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, Oh-la-la se presentó allí de improviso, decidida a tomar las riendas de la reunión. Aunque le escociera como sal marina en una herida abierta, Viborilla no pudo sino hacerse a un lado con cara de circunstancias, mientras Oh-la-la revolucionaba todo, negaba cosas que había dicho su subordinada, se autonombraba Único Oráculo a quien debíamos consultar (A pesar de su ignoracia, o quizás precisamente debido a ella, se considera a sí misma referencia de todas las informaciones posibles), y se dedicaba a echar mierda sobre cualquier persona ausente o presente que cuestinara lo más mínimo su autoridad o competencia. Potenza y yo nos despertamos de golpe ante tal acumulación de despropósitos. Increíble pero cierto, era posible explicar las cosas peor explicadas que las pésimas explicaciones de Viborilla! Bueno, al menos las dos horas no estuvieron perdidas del todo. Al menos, camino de casa, pudimos reirnos bien a gusto, Potenza y yo, de la cara de mema (boca apretada, pómulos hinchados, ojos casi bizcos...) que se le había quedado a Viborilla, y de la estúpida soberbia ignorante de Oh-la-la creyéndose de verdad experta en la materia...
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18 Febrero 2008
"No tengo presupuesto para comprar un regalo a todas las tías que andan por ahí diciendo que están enamoradas de mí", dicen que le dijo ese pedazo de bruto, acompañando la frase hiriente de una sonrisa desafiante y una mirada despectiva. Y ella, bastante inocente todavía a pesar de acercarse a la treintena, ella, digo, alma de niña cándida dentro de un mujerón de metro ochenta, ella, enamorada hasta las trancas del sujeto en cuestión, que como no había habido ocasión de dar por él hasta la última gota de sangre de sus venas (Que a buen seguro la habría dado), se había gastado hasta el último céntimo de sus ahorros en el regalo para él, para ese animal de bellota a quien ella consideraba novio, ella, insisto, rompió a llorar tan intensa y desconsoladamente que impresionaba. Qué espectáculo, oyes, esa tiarrona con ese pedazo de cuerpo que para sí lo quisiera más de una actriz de "jolivú", y de natural, ¿eh?, que esa carne apretada y trémula aún no la ha profanado el bisturí... Ese peazo pivón llorando ahí como María Magdalena a los pies de Jesús, hipando histéricamente, incapaz de contenerse ni controlarse, mientras el causante de sus desdichas miraba con cara de no haber roto un plato a quienes se agolpaban alrededor, con una malévola expresión entre condescendiente y cínica, como si la cosa no fuera con él, como si ella sola se hubiera hundido en la miseria. Tal era la mezquindad que desprendía, tal su aire de chulo provinciano, sus muestras a la vez de bajeza y de majeza, que hasta el gitano le fulmiró con una de sus miradas matadoras, mientras la mano acariciaba la navaja dentro del bolsillo de la cazadora. Una mirada tan cargada de odio, que bastó para que el tipejo hiciera mutis por el foro, lo que alivió un poco la tensión que se palpaba en el ambiente. Agradecí con una mirada silenciosa su gesto, y él levantó los hombros de manera ambigua pero cargada de empatía. Así que él también se había impresionado del desconsuelo de la muchacha, y eso que el gitano tiene el corazón tallado en piedra, y las lágrimas femeninas no suelen conmoverle.
Cierta compañera que a pesar de ser gótica y de alma tan oscura como noche sin estrellas tiene su puntito de buena samaritana la recogió unas cuantas horas después, tirada en las escaleras de la estación de los ferrocatas, más borracha de lo que recuerdo haber visto nunca a nadie, por lo menos desde mi ya algo lejano paso por las filas de la gloriosa Infantería del Rey de España. Estaba allí, el cuerpo desmadejado sobre los frios escalones de piedra grisácea, inconsciente y sucia como una cerda, pues se había meado y cagado encima. Entre varios ayudamos a la gótica a levantarla y cargarla en su coche. No sé cómo se apañaría ella sola con los sesenta y cinco kilos de peso inerte al llegar a su casa. Me alegró que al menos una persona la ayudara, como me alegré de haber podido aportar mi granito de arena aunque solo fuera con la fuerza de mis brazos. Y sin embargo el corazón me quedó congelado y contrito con todo aquello. ¿Es que acaso queda amor en algún recóndito lugar del planeta? Creo que no.
Veo a mi alrededor parejas en guerra, familias mantenidas por el puro interés, niños que vienen al mundo con la misión imposible de recomponer un matrimonio ya deshecho, infidelidades y traiciones, mentiras y fingimientos, todo a plena luz del día, todo con el público y notorio conocimiento de la sociedad en general. Y sin embargo nos empeñamos en mantener a toda costa los mismos esquemas fracasados, repetimos como un salmodio las mismas falsas promesas de amor eterno que ya antes hemos incumplido varias veces, y nos creemos solo en la medida que nos lo queremos creer que existe la media naranja, la pareja ideal, el amor para toda la vida y la perpetua felicidad. Y nos paramos ahí, claro, no sea que el siguiente paso nos lleve a aceptar la existencia del ratoncito Pérez... ¿Es que ya nadie es sincero, es que ya nadie cree en lo dice ni dice lo que cree? No, en todos los aspectos de la sociedad, a todos los niveles, en la familia, en el trabajo, en las comunidades de vecinos, y también en la pareja, se dice lo que conviene, o lo que creemos que el otro espera que digamos, o lo que debemos decir para que no piensen que... Pero luego, evidentemente, traidores a nuestras propias promesas, quitamos todo valor a la palabra dada por nosotros mismos, y hacemos lo que nos da la santísima gana. Asco de mundo, sin honor, sin deber, sin esfuerzo y sin verdad...
El protagonista de una de mis novelas de referencia en la infancia, ese caballeresco, noble y ya entonces pasado de moda Quentin Durward debido a la pluma de Sir Walter Scott, muy bien interpretado por Robert Taylor en la versión cinematográfica, dice en un parágrafo de la novela "Me educaron para ser valiente y fiel, honrado y leal, para defender siempre al débil y mantener hasta la muerte la palabra dada. ¿Qué culpa tengo yo de haber nacido un siglo tarde?" Comparto con Quentin Durward esa impresión, solo que en mi caso creo que son varios los siglos que he nacido tarde. Es frustrante para mí pensar en mis escasas posibilidades de influir para que esto cambie. Me siento tan despegado de él que, habiendo renunciado a mejorarlo, me mantengo lo más aislado posible. Solo me queda, para que siga valiendo la pena despertarse en cada nuevo amanecer cargado de malos augurios, la paz de mi último refugio, porque en mi caso, afortunado como soy, tengo un santuario donde refugiarme de la ventisca de afuera, con una sacerdotisa que mantiene encendida permanentemente la hoguera...
servido por ixus
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14 Febrero 2008
Hay dos clases de personas que gustan de jugar con fuego, los que creen que no se van a quemar, y aquellos a quienes les gusta quemarse. La que llamaremos Mara finge ser de las primeras, pero es claramente de las segundas. Bien entrada en la cuarentena, poseedora de un cuerpo rotundo y de una suavísima piel lechosa de adolescente escandinava que contrasta vivamente con los rizos negro azabache de su melena, sabe que llama la atención, y no le importa llamarla. Presume con frecuencia de bien casada, y cualquiera que sin conocerla oyera alguno de sus empalagosos monólogos sobre sus repelentes hijas, su encantadora casita con jardín o su insoportable chucho creería hallarse ante la más arquetípica burguesa middle class del universo. Pero la que hemos llamado Mara hace ojitos cuando le muestro el regalo que tengo escogido para otra, y, oh pobre! me explica con voz meliflua que su marido, tan ocupado él, se ha olvidado de San Valentín un año más, y ya no sabe cuántos van. Y sin solución de continuidad siento su mano sobre la mía, mientras oigo de su dulce voz de sirena encantadora de marinos el consabido discurso de la rutina conyugal, la monotonía sexual y el vacío existencial, con alguna referencia un tanto intempestiva a las letras de un frigorífico Miele Combi No Frost recién comprado. O sea, y en resumen, que la que denominamos Mara, tan bien casada ella, tan ejemplar esposa y madre, ella, se siente más sola que la una, y colgándose del cuello el letrero de "disponible" se ofrece a compartir esa soledad conmigo, si es que tengo a bien abonar un par de horas en un aparthotel cercano. Y va a ser que hoy no, que es mal día, bonita, que me has pillado con poco tiempo y sin mi complejo vitamínico encima...
Al gitano le llaman así porque lo és, y aunque no lo fuera, igual se lo llamarían, porque, además, lo parece. Pelo negro ensortijado, ojos como carbones encendidos, y una lengua viperina tan afilada como el acero de su navaja "capaora" que tantos disgustos le diera en el pasado por esgrimirla donde no debía. Se me acerca con sonrisa cínica, ponderando el trasero redondo y firme de la que hemos llamado Mara, que ya se aleja, y me habla quedamente, al oído, con ese acento jerezano que no ha perdido tras tantos años en la ciudad condal. "Joder, Juanito, que me la tienes loca a la muy... Que debe estar chorreando, seguro, si es que se la nota la calentura en la cara!! Que si tú quisieras, esta misma tarde te la follabas, seguro!!" Y acompaña sus palabras de un guiño tan falso como malintencionado, con esa fingida camaradería masculina, ese oscuro entendimiento entre machos, que bien podría traducirse por "Genial que te trabajes a todas las de TU territorio, pero ni te acerques a MIS posesiones..." Y yo, que aunque me llame Juan ni soy ni ejerzo de Don Juan de medio pelo, aún sabiendo que tiene razón el gitano, y que a esa, si quiero, me la ensarto en esta misma tarde (dicho sin presunción alguna, es simplemente un hecho), prefiero salirme por la tangente, que es el mejor sitio para salir de estos embolados. Y aunque el gitano piense que tiro balones fuera para buscar una ocasión si no mejor, sí al menos más discreta, en realidad huyo a galope tendido de estas arenas movedizas, que yo sé bien de quién soy y a quién me debo, y eso no hay polvo salvaje que lo cambie.
Pero me da por reflexionar en el aparentemente perfecto matrimonio de la susodicha Mara, en lo bien que habla a las demás de su marido, en lo feliz que finge ser... Y pienso en esa "família tradicional" que con tanto ahínco defienden sectores sociales, políticos y religiosos de esta España de pandereta, y me pregunto y repregunto qué de santo y bueno pueden encontrar en un modelo que, precisamente, lleva siglos demostrando su falsedad e ineficacia. ¿O es que no és el matrimonio ejemplo palmario de casi todas las hipocresías sociales? Brillante por fuera, podrido por dentro, en muchísimos casos. Y recuerdo las viejas historias de mi madre, aquella señora Tana, rica hostelera con negocio a pleno rendimiento, que, casada tardíamente con un gañán tan guapo como chulo, acabó convertida en esclava de su marido, fregando suelos como una sirvienta cualquiera, ella que siempre había tenido criadas a su servicio. O peor aún, aquella otra señora Zoila a quien el marido arrebató la cuantiosa herencia paterna, instalándose con una de sus queridas en el bloque de pisos de la capital, y desterrándola a ella, nominalmente millonaria, a una desvencijada casa sin agua corriente, en la práctica la más miserable del pueblo... Eran otros tiempos, sí, tiempos de familia tradicional, patriarcal y bíblica, como defienden los beatucos de hoy día. Familias monolíticas repletas de dolores y mentiras, de hipocresías y fingimientos. No es que me extrañe que esas abominaciones hayan ido desapareciendo de nuestro país, si algo me extraña es justamente que los nuevos modelos de familia busquen parecerse en la forma y mucho me temo que también en el fondo a ese tradicional, claramente fracasado, en vez de explorar nuevas formas aún no experimentadas.
Y sí, es día de San Valentín, y podría haber escrito un artículo amable sobre el amor, pero he preferido hacerlo sobre el matrimonio, que, como todo el mundo sabe, es cuestión aparte. Y por cierto y para quien tenga dudas, os diré que no es tan habitual como parece que las casadas se me ofrezcan tan descaramente, aunque tampoco ha sido hoy la primera vez en mi vida. Y con respecto a la Mara del primer párrafo, pues no, traginármela, no me la traginaré, pero, que conste, tiene su puntito saber que, si quisiera, podría hacerlo...
servido por ixus
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12 Febrero 2008

Hoy es día de Santa Eulàlia, virgen y mártir, secular patrona de Barcelona aún reverenciada como tal por multitud de barceloneses, a pesar de los muchos años transcurridos desde la proclamación de la Virgen de la Merced como patrona "oficial" de la ciudad. Hoy, uno de los diarios gratuitos de mayor tirada titulaba uno de sus artículos principales "Barcelona mártir". Porque hoy coinciden dos huelgas de dos sectores muy sensibles: La de los conductores de autobuses urbanos con la de los médicos de asistencia primaria. Dos paros de indudable repercusión en la vida cotidiana de los ciudadanos de a pie. Dos paros que, además, son un mero aviso: Los chóferes ya han dicho que si no se soluciona antes su conflicto, harán huelga de 24 horas la semana del 03 al 07 de Marzo, la de las elecciones. Y los médicos, aún sin definir tanto, anuncian que el paro que hoy afectaba solo a la capital se extendería a todo el territorio de la comunidad autónoma.
Y yo me pregunto, ¿Qué culpa tendrá el Manolito, que trabaja en un barrio sin metro cerca y que hoy habrá tenido que pagar un taxi o apechugar con la bicicleta, de que no les den dos días seguidos de fiesta a los autobuseros? ¿Y qué culpa tiene la anciana señora María, que hace ya diez días que pidió hora para visitarse con su médico de cabecera y se la dieron para hoy, y ahora tendrá que volver a pedirla y se la darán dentro de otros diez días, del colapso de la atención sanitaria ambulatoria? No pongo en duda la legitimidad de las reivindicaciones de unos y otros, tema de fondo en el que no quiero entrar. Tampoco, evidentemente, en su derecho a la huelga como forma de presión en la negociación colectiva, derecho constitucionalmente reconocido. Pero me fastidia que al final los que pagamos el pato somos siempre los usuarios finales, los políticos que toman las decisiones ni van en autobús ni se visitan en médicos de la red pública. Y eso, la verdad me parece hacer pagar a justos por pecadores.
Desde que en 1.977 se reconoció el derecho a huelga prohibido durante la larga dictadura franquista, ha habido y hay un encendido debate sobre los límites del mismo, y aunque mucho se ha hablado nadie se ha atrevido a ponerle el cascabel al gato, la izquierda hipotecada por su necesidad de apoyo por parte de las organizaciones sindicales, la derecha no queriendo aparentar estar aún más próxima a la patronal de lo que ya está. Hasta ahora todos han preferido seguir con una regulación claramente insuficiente y mirar para otro lado, antes de hacer algo que pudiera resultar impopular, pero lo cierto es que los decretos de servicios mínimos suelen incumplirse (aparte de su total arbitrariedad, a mí me han llegado a entregar en mano una carta en la que se consideraba "servicio mínimo" el 100% de la plantilla) y aunque se proclama solemnemente que se garantizará el acceso al puesto de trabajo de quien no quiera hacer huelga (lo que también se imcumple en muchos casos), nadie parece poder garantizar que el común de la ciudadanía no se verá afectada, lo que en la práctica da como resultado que determinados sectores estratégicos (Transportes y Comunicaciones básicamente) pueden por sí mismos paralizar el país sin contar con el beneplácito de los demás, ni aún pedirles la opinión. Ejemplo palmario de este efecto que yo creo pernicioso lo tenemos en el SEPLA, el sindicato de pilotos de líneas aéreas, un colectivo numéricamente escaso y económicamente elitista (aunque ellos crean lo contrario, será que no han visto un mileurista ni en foto), cuyas reivindicaciones, expresadas siempre en festivos, puentes o periodo vacacional (Los muy...), han dado al traste con las vacaciones de más de un currito de los que cobran menos de la mitad que ellos. Y encima sorprendidos los señores de no lograr la solidaridad del resto de trabajadores, mire Ud. por donde... A mí, ya me perdonaréis, esto me parece un claro abuso de derecho.
La injusticia además es evidente si tenemos en cuenta que miles de trabajadores, autónomos, o empleados en pequeñas empresas, talleres, o establecimientos comerciales, nunca podrán lograr implicar en su reividicación a nadie, porque su huelga solo la sienten un puñado de clientes directos. Un buen amigo, cuyo padre ya jubilado trabajó toda la vida de encuadernador en un modesto taller, se desesperaba hace años cuando la industria automovilística conseguía créditos a fondo perdido del Estado a cambio de no deslocalizar las fábricas. "Claro, para ellos todas las ayudas, que se hundan diez mil pequeñas industrias como la de mi padre, no importa, no impacta tanto en televisión como los miles de trabajadores de SEAT en huelga..." Tenía y tiene razón, o sales en el telediario por la repercusión para todos tus conciudadanos de tus acciones reivindicativas, o es como si la reivindicación no existiera. Para triunfar, necesitas convertir a toda una ciudad, o un país, en tu rehén. Pues vamos bien par ir a Roma...
Barcelona, como todas las grandes capitales, sufre periódicos colapsos producidos por las contínuas reivindicaciones, cuando de un sector, cuando de otro, de modo que nunca están los servicios públicos al cien por cien de efectividad. Como he dicho antes, y reitero ahora, que quiero evitar suspicacias, no dudo ni de la legalidad de estas acciones, ni de la bondad de las reivindicaciones efectuadas, pero sí discuto el método, porque conduce a la total indiferencia ("Más de lo mismo", piensan casi todos los afectados con cara de resignación, y sin ni siquiera fingir que se interesan por las demandas de los huelguistas), y a una parálisis permanente de la vida urbana, como si vivir en una gran ciudad no fuera ya bastante estresante por sí mismo...
servido por ixus
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11 Febrero 2008
Envidio, quiero creer que sanamente, aunque vaya Ud. a saber si es que existe en la práctica esa falacia teórica de la "envida sana", a quienes han logrado llegar a ser dueños de su tiempo, en vez de esclavos del mismo como casi todos. Me temo que deben ser cada vez menos, y que, como especie en vías de extinción, cada vez deben ser más difíciles de encontrar. Lo que es seguro es que los pocos que quedan deben vivir exiliados de las grandes ciudades. El pulso de la vida urbana es acelerado, taquicárdico, siempre al límite del colapso. El stress está omnipresente hasta en los actos más simples de nuestra vida. Quien más quien menos se ha jugado el físico bajando de tres en tres las escaleras de una estación de metro oyendo que el convoy arribaba a la misma, aún sin tener especial prisa por llegar a su destino. Y todos, absolutamente todos, hemos sudado haciendo un sprint de cien metros para atrapar un autobús ya estacionado en la parada, solo por no esperar veinte minutos al siguiente autobús, aún llevando media hora de adelanto, lo que nos hubiera permitido esperar tranquilamente. Es inevitable, supongo. La vida urbana provoca contínuas descargas de adrenalina. Todo el mundo tiene prisa, todo el mundo odia esperar, aunque, de hecho, nos pasamos media vida esperando...
Esa aceleración vital, esa ansiedad por ir siempre con el tiempo justo, esa locura absurda de estar siempre corriendo para llegar tarde a todas partes, acaba pasando factura inevitablemente, y nadie parece ser capaz de hacer nada por evitarlo. Se hacen bonitos discursos y se elaboran complejos planes para conciliar la vida laboral y familiar, pero ninguno de estos planes ha logrado hasta ahora aumentar las reservas de nuestro bien más escaso y preciado: Tiempo. Una cosa lleva a otra cosa, y un asunto pendiente a otro, y al final el tiempo se evapora como un charco de agua bajo el tórrido sol de agosto, y aún peor, el poco tiempo del que dispones para tí, para disfrutarlo en compañía de los tuyos, pierde calidad, porque estás ya muy machacado del resto del día, con la mente embotada de problemas pendientes, y esos momentos compartidos que debían ser los más intensos del día, acaban siendo una penosa duermevela en compañía.
Sí, lo reconozco, envidio a los pocos que tienen todo el tiempo del mundo para ellos, esos que pueden vivir tranquilos, descansados, pensando solo en cómo disfrutar de la vida al lado de quien sea que quieran estar... Ni oro, ni divisas. Si en los bancos lo concedieran, pediría un crédito de tiempo.
servido por ixus
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